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El éxito, cuando no está alineado con la voluntad de Dios, puede convertirse en una distracción peligrosa. Nos seduce con reconocimiento, estabilidad y poder, pero si no prestamos atención, podemos terminar muy lejos del llamado que recibimos. Existe el riesgo de lograrlo “todo”, menos lo esencial. Jesús dijo: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?” Mateo 16:26) En el mundo del liderazgo, los negocios y el ministerio, recordar esto más que importante. Podemos alcanzar metas, escalar puestos de trabajo y multiplicar recursos, pero si en el camino dejamos de escuchar a Dios, el costo puede ser mayor de lo que imaginamos. Este propósito se discierne en intimidad con Dios y se valida en frutos que permanecen. Cuando cambiamos de brújula, incluso el “éxito” puede transformarse en un obstáculo.
Volver al propósito no siempre implica grandes cambios externos. A veces, esto puede significar revisar nuestras prioridades, replantear metas o renunciar a lo que ya no refleja nuestra misión. No se trata de abandonar lo que estamos construyendo, sino de asegurarnos de que esté alineado con lo que Dios nos llamó a hacer. Porque fuera de ese centro, incluso el mayor de los logros pierde sentido.
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